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domingo 20 de abril de 2008

NO SE SACIAN LAS SEDES

Era invierno cuando me entró la sed innominada
Sed de lo hondo y de lo gris opaco
Sed que no se saciaba ni se hundía
Una sed tan inmensa como los témpanos del norte
Y tan fría
Sed que no se dañaba al lloviznarla
Ni mostraba la dura tarjeta de su nombre

Entiéndese por sed según el decir de los sabeos
“deseo ardiente de una cosa”
No era ansia de agua en la garganta
Era “deseo ardiente de una cosa”

Yo contraje una pequeña sed de oro
Cuando tenía siete años
Viendo the far west movies
Un año entero mi retina
Sobre un tratado práctico de alquimia

Y a medida que el tiempo se alargaba
Los pantalones se iban sucediendo

Sed de vivir a secas
Sed de nada
Sed de morir quemado
Sed de sexo

Fue al cumplir los diecinueve años
Que la sed de matar se hizo una obsesión
En mi vida
Era una sed sádica
Sed de ver sangre sobre una piel
O sobre una dentadura quebrada de mujer
(recuerdo que les corté a varias palomas
El cuello con una cuchilla
De afeitar)

Luego fue una sed de vicios
Tan prolongados y maravillosos
Que me capturaba la mañana ejecutándolos

Pero las sedes peores
Fueron las sedes de leer
Reciredo a gide junto a la lámpara
Recuerdo las sedes saciadas
Las sedes del insatisfecho

Hay sedes que nunca se llenan
No importa el vino
Ni el mar
Ni el sol[1]
[1] Poema de Jotamario, seudónimo de Mario Arbeláez J.