Cuando el hombre llegó me ofreció un ramo de rosas, yo deseaba un espejo; me negué a aceptarlas. Sonrió y se marchó en silencio.
Pasaron seis meses hasta que apareció con un violin, yo deseaba
una esfera; me negué a aceptarlo.
Sonrió nuevamente y se marchó en silencio.
Anoche volvió, me entregó una espina.
La acepté silenciosamente, entonces el hombre se deshizo
delante de mis ojos atónitos.
Ahora cargo mi espejo, mi espacio y mi espina pero sigo
deseando la arena de su cuerpo que desapareció con la última
/ofrenda.[1]
Leer también: GUERRERAS SOLITARIAS
[1] Poema de Catalina Sojos.
14/05/09
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